Los dilemas de la agronomía: Marcos Blanda eligió la función pública en Córdoba porque cree que “hay que participar” para poder modificar la realidad del sector agropecuario
A Marcos Blanda se le puede preguntar por el maíz, por la rotación o por el cuidado de los suelos. Pero hay una pregunta que lo saca del libreto técnico como ingeniero agrónomo y lo coloca frente a su propia decisión, una que muchos otros agrónomos esquivan: ¿Qué hace metido en la política? El secretario
A Marcos Blanda se le puede preguntar por el maíz, por la rotación o por el cuidado de los suelos. Pero hay una pregunta que lo saca del libreto técnico como ingeniero agrónomo y lo coloca frente a su propia decisión, una que muchos otros agrónomos esquivan: ¿Qué hace metido en la política? El secretario de Agricultura de Córdoba responde que encontró allí una buena manera de ejercer su profesión y sentirse útil.
“Hoy sigue siendo más positivo estar acá”, responde cuando se le pregunta si no quiere dejar los despachos y volver al campo. Y amplía: “Porque hay resultados. Yo creo que no podría estar si no tuviera ningún resultado”.
Desde la función pública, Marcos considera que su tarea es intentar que el conocimiento agronómico se transforme en herramientas útiles para los productores y en acuerdos con gente que no necesariamente sabe de fertilización, análisis de suelo o manejo de cultivos.
“Somos parte de una comunidad”, plantea Blanda. Por eso le resulta lógico que haya técnicos con vocación política participando en las áreas vinculadas con la producción. También recuerda que existen intendentes y legisladores que son ingenieros agrónomos.
Mirá la entrevista:
El ejemplo que elige para explicar por qué se siente útil es el programa cordobés de Buenas Prácticas Agropecuarias. Recuerda cómo se creó conversando con el ministro Sergio Busso. El político cordobés dijo que estaba bien hablar de buenas prácticas, pero que había que convertir esa declaración en algo que los productores pudieran aplicar.
Pensar en rotaciones era un primer paso. Después había que contestar cómo promoverlas. Lo mismo sucedía con la fertilización o los análisis de suelo. El bagaje técnico estaba disponible, pero hace diez años -que es le edad de vida que acaba de cumplir ese programa- faltaba construir la política y explicar para qué servía.
Ese proceso también exigía salir del idioma de los especialistas. Al llevar la propuesta a la Legislatura, para convertir esa iniciativa en una ley provincial, debían conversar con representantes de distintas regiones, formaciones y pertenencias políticas. Saber agronomía era necesario, pero la discusión requería algo más, que era explicar y conseguir que otros le encontraran sentido.
Blanda rescata que aquella conversación se amplió por fuera del ministerio de Producción o Agrobioindustria, como lo han rebautizado. Participaron los colegios profesionales, las facultades y las entidades agropecuarias. La propuesta tenía que ponerse sobre la mesa, recibir correcciones y construirse con otros. “Más que la visión del agrónomo, es la visión del campo”, resume.
Allí aparece una de sus respuestas al malestar que atraviesa a muchos agrónomos por el deterioro de los recursos. Dice que si los profesionales detectan degradación de los suelos, prácticas que deberían cambiar o problemas que no llegan a la agenda pública, ¿qué les queda por hacer?
“Como profesionales tenemos que participar”, afirma. Y agrega que se trata de transmitir necesidades, aportar iniciativas y generar consensos con base técnica y científica. No de presentarse como dueños de la verdad.
Tampoco hace falta esperar un nombramiento. “A veces no hace falta ser el ministro o el secretario o un legislador, un diputado”, señala. Acercar un problema, dedicar tiempo a explicarlo y ofrecerse a acompañar una solución también son formas de intervenir en la agenda pública.
Como ejemplo, Blanda recuerda los conflictos entre la producción agropecuaria y las zonas urbanas por el uso de fitosanitarios. En muchos pueblos cordobeses, hubo profesionales que se sentaron a conversar con concejales, intendentes y directivos de escuelas. Había que explicar cómo funcionaba el sistema productivo y cuáles eran los cuidados necesarios para hacer las cosas bien.
Según Blanda, esas conversaciones surgieron tanto del trabajo conjunto con el Estado como de iniciativas privadas o de los propios agrónomos.
Por eso, al evaluar cuánto puede aportar la profesión, vuelve sobre los resultados. Menciona las iniciativas cordobesas vinculadas con cuencas, conservación de suelos, consorcios, forestación y buenas prácticas. Las presenta como ejemplos de un marco que los técnicos pueden ayudar a construir y sostener.
Para Marcos, escribir artículos y conseguir votos puede ser un logro, pero el trabajo queda a mitad de camino si después no cambia nada de la realidad y el entorno. Por eso, a su entender, las buenas prácticas se convirtieron en una política de Estado cuando los productores y la comunidad se apropiaron de ellas.
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