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Los dilemas de la agronomía: Roberto “Tino” de Rossi aprendió a dudar de todo y ahora se pregunta si seis años de carrera no espanta a los jóvenes de la profesión

Fuente: Bichos de Campo 01/11/2026 11:09:52 hs

Su padre era médico y Roberto, el mayor de cinco hermanos, parecía destinado a seguir sus pasos. Lo acompañó a ver cirugías y hasta a una morgue. Pero lo único que le quedó de aquellas experiencias y de aquel mandato fue algo que podía llevarse a otra profesión: la costumbre de hacerse preguntas. Todavía hoy

Su padre era médico y Roberto, el mayor de cinco hermanos, parecía destinado a seguir sus pasos. Lo acompañó a ver cirugías y hasta a una morgue. Pero lo único que le quedó de aquellas experiencias y de aquel mandato fue algo que podía llevarse a otra profesión: la costumbre de hacerse preguntas.

Todavía hoy se encuentra con personas que lo creen médico, aunque cuando le dicen doctor tiene que aclarar que lo es pero en Ciencias Agropecuarias.

“Puedo salvar a una planta de maíz y hasta ahí”, bromeó Roberto “Tino” de Rossi, especialista en fitopatología, investigador y docente universitario.

Diez minutos antes de esta entrevista con Bichos de Campo, realizada en el congreso internacional de maíz en Córdoba, Tino estaba conversando sobre una nueva técnica molecular para detectar un patógeno. Detrás de todo eso, el principal propósito que sigue encontrándole a su trabajo es el obtener resultados que permitan mejorar la producción.

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La curiosidad venía de su padre. Después, durante la maestría que realizó en Brasil, un profesor le agregó una enseñanza que todavía conserva: “Duden de todo, duden hasta de lo que yo digo”.

“No dudar por dudar, sino dudar de cómo hacemos para mejorar”, la mejoró él posteriormente.

Ahora aplica ese ejercicio a la propia formación de los agrónomos, ya que es docente universitario en su provincia. Allí aparece una inquietud que comparte con otros docentes: si el recorrido que ellos hicieron sigue siendo el más adecuado para los jóvenes que quieren acercarse a las ciencias agronómicas.

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“Dudo si estamos haciendo bien, si estamos enseñando bien, si Agronomía es lo que debería ser”, enumeró las preguntas que se hace como parte de la universidad. No aseguró tener todavía las respuestas. Lo que sí tiene es la preocupación por el extenso tiempo que demanda el camino de formación de un nuevo agrónomo.

Sucede que una carrera de cinco o seis años puede ser apenas la primera etapa. Después, para quien quiera especializarse mediante una maestría y un doctorado, vienen varios años más, quizás el doble. Desde la perspectiva de un joven que busca empezar a trabajar rpapido, ese horizonte puede quedar demasiado lejos.

“Hoy nos cuesta encontrar chicos que vean que eso se puede hacer. Es como que ‘cinco años es mucho. Dame algo más cortito. ¿Hay algún trabajo, hay alguna posibilidad?’”, describió el fitopatólogo.

Mirá la entrevista:

Esta inquietud de De Rossi convive con otra observación: faltan profesionales en el terreno y especialistas en distintas disciplinas. En su propia área, la fitopatología, considera que son muy pocos los expertos en el país.

Por eso se anima a plantear una posibilidad que merece discusión: “Capaz que el proceso que estamos haciendo es muy largo. Capaz que tengo que hacerlo más corto y sacarlos a la cancha más rápido. No lo sé, no tengo la respuesta, pero hay que ponerse a pensarlo”.

Su planteo nace de una dificultad concreta: cómo transmitirles a otros el entusiasmo por una profesión cuando el acceso a la especialización parece exigirles una porción tan grande de su vida.

Tino tuvo la suerte de que a él lo atrapó una combinación que sigue disfrutando. Puede trabajar con técnicas de laboratorio y, al mismo tiempo, mantener contacto permanente con el terreno. “Estoy todo el tiempo con un pie en el campo y creo que esa dualidad es lo que más me gustó”, explicó.

Una experiencia reciente con una pasante le hizo volver sobre esa conexión entre el conocimiento y aquello que se estudia. La joven cursaba Bioinformática y llegó al laboratorio cuando estaban realizando análisis de semillas y evaluando tratamientos. Al ver germinar y crecer diferentes cultivos, se entusiasmó de una manera que llamó la atención de De Rossi. Según relató, había avanzado en una carrera de cinco años, trabajando con datos y computadoras, pero le faltaba ese contacto directo con las plantas que podían estar detrás de los análisis.

La escena le dejó una pregunta que extendió a su propia profesión: “Capaz que en Agronomía también nos falta eso”.

De Rossi cree que la carrera conserva su atractivo. Tiene matemática, física y química, pero también la posibilidad de observar cómo esos conocimientos se expresan en la naturaleza. El desafío docente consiste en hacer visible esa relación y despertar las ganas de seguir investigando.

Al recordar sus primeras giras de capacitación junto a Gustavo Guerra, a quien reconoció como una influencia importante en su trayectoria, señaló que había cuestiones que prácticamente no se discutían. Ahora, en cambio, una recomendación de tal o cual fungicida abre enseguida otros interrogantes, como qué impacto tiene en el ambiente, qué características presenta el producto y qué consecuencias puede generar su uso.

“Antes jamás preguntaban eso y hoy creo que nos está llevando a un nivel técnico mucho más alto”, celebró.

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Esa exigencia obliga a estudiar más, prepararse mejor y prestar atención a dimensiones que exceden el control de una enfermedad. Para alguien que dice disfrutar de las preguntas, es también un estímulo. “En la parte de sustentabilidad, de que hagamos las cosas bien y que seamos responsables, hay un montón de preguntas que antes no nos hacían”.

Sin embargo, siente que ese proceso todavía encuentra dificultades para hacerse visible fuera del ambiente agropecuario, a nivel social. Puede haber reconocimiento entre colegas y una mayor exposición gracias a las redes, pero la distancia con otros sectores de la sociedad persiste.

“La dualidad campo-ciudad sigue estando. Yo no termino de entender por qué se impuso tan fuerte”, reflexionó Tino, a quien le molesta, en particular, que la identificación como ingeniero agrónomo alcance para que alguien dé por supuesto qué hace y cómo piensa. Como si el uso de agroquímicos agotara la descripción de una profesión y dejara afuera los años dedicados a estudiar sus efectos, mejorar su manejo y buscar nuevas alternativas.

“Estamos justamente hace 20 años estudiando y trabajando para hacer el mejor manejo de todo eso y que lo nuevo que venga sea todavía superador”, afirmó, replicando ese pensamiento terraplanista.

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