Casi analfabeto y amansador de caballos de San Antonio de Areco, al gaucho “Mosco” Pereyra siempre le gustó trabajar solo: Y así solo también aprendió a tocar la guitarra y escribió sus propias milongas
San Antonio de Areco es una ciudad del noreste bonaerense apodada “Cuna de la Tradición” porque desde sus orígenes en 1730 no cesa de hacer un culto al gaucho y a su cultura criolla y mestiza. Ésta parece ser el fruto de una amalgama entre las comunidades aborígenes locales -pampas y querandíes-, y los colonizadores
San Antonio de Areco es una ciudad del noreste bonaerense apodada “Cuna de la Tradición” porque desde sus orígenes en 1730 no cesa de hacer un culto al gaucho y a su cultura criolla y mestiza. Ésta parece ser el fruto de una amalgama entre las comunidades aborígenes locales -pampas y querandíes-, y los colonizadores europeos.
En pleno siglo 21, Oscar “Mosco” Pereyra se destaca en este pago de Areco, como paisano y auténtico gaucho. Él nació en allí el 21 de junio de 1941, y con sus 85 años, luego de haber sufrido un ACV, puede recordar su vida con lujo de detalles y contarla a Bichos de Campo.
A Oscar le dicen “Mosco” desde chico, porque así ya lo apodaban a su abuelo y a su padre, debido a que vivían “prendidos a los caballos, como los mosquitos”, dice. Con sus cotidianas pilchas gauchas le gusta enseñar cómo se hace un buen nudo “cuadrado” en el pañuelo que lleva al cuello, o el nudo “espuela”.
Fue principalmente amansador de caballos, resero o arreador de hacienda (reses), alambrador, tambero y desde chico aprendió el arte pampeano del canto surero entonando estilos, zambas y milongas. Pero él posee una curiosidad: que un hace pocos años se lanzó a componer en letra y música, siendo que de muy chico, por preferir el trabajo rural a la escuela, es el día de hoy que casi no sabe leer ni escribir.
Rosa Alonso es la esposa de “Mosco” y juntos llevan 58 años compartiendo la lucha por la vida. Con él formó una familia y merecería una nota aparte por su trayectoria rural y su espíritu aguerrido, ya que siempre trabajó a la par de su marido para lograr el sustento diario y un techo definitivo.
Ella es oriunda de Malabrigo, localidad del norte santafesino. Allí se crió ordeñando unas pocas vaquitas y saliendo a vender la leche, junto a su tío el “Indio” Germán Alonso, otro destacado personaje de San Antonio de Areco con quien se vino a este pago.
El “Indio” fue un destacado alambrador de toda la región que acaba de cumplir 80 años y aún mantiene una profunda amistad con “Mosco”, con quien suele recordar que trabajaron juntos atendiendo el tambo de la estancia El Ombú, de los Boelcke.
El Indio AlonsoRosa conoció a “Mosco” trabajando en la estancia La Porteña, de la familia Güiraldes, donde Ricardo escribió la emblemática novela gauchesca “Don Segundo Sombra”. Allí ya vivía el abuelo de Rosa, que era puestero, y ella empezó a ir desde el pueblo a realizar tareas domésticas. Siendo una bella mujer y bien campera, lo deslumbró a Oscar, quien se enamoró perdidamente de ella.
Oscar Pereyra comienza a recordar su vida contando que su mamá era de Capilla del Señor y su papá era de Areco. Éste acarreaba bolsas de cereales en una “chata cajón”, tirada por vacas hasta el tren, que las llevaba al puerto. “Mi papá fue a amansar a unos caballos de mi abuelo materno y allí se conoció con mi mamá. Se la trajo para Areco y vivían en el pueblo, donde nacimos todos. Solía ir a amansar caballos a la estancia ‘Puesto del Medio’, de Florencia Castex, hasta que ahí le dieron un puesto, donde nos criamos un tiempo largo. Después volvimos al pueblo”, rememora.
“Nos mandaban al colegio -continúa, Oscar-, pero yo me aburría, y a mis 8 o 9 años le dije a mi tío si precisaba un chico para cuidar sus caballos con los que arreaba vacas, porque trabajaba de resero con mi padre, y me aceptó. Nunca más volví a estudiar. Después fui a un tambo de 50 vacas a trabajar de ‘apoyador’. Pero a mis 12 años empecé a acompañar a mi tío y a mi papá, que eran capataces de tropa”.
Sigue recordando, Oscar: “A veces mi padre hacía viajes de 2 a 3 meses, porque cuando llevaban hacienda con cría, debían ir despacio, ya que al ternero había que cuidarlo mucho. Yo lo acompañé en viajes cortos, con tropas chicas, y ya de más grande llegué a arrear solo. Mi padre y mi tío llegaban a arrear hasta Pipinas, en Samborombón. En Areco había dos remates de feria, donde pasaban unas 2000 cabezas y solíamos traer hacienda desde Capitán Sarmiento”.
“A mis 19 años entré a trabajar en la estancia La Porteña, de los Güiraldes -comienza “Mosco” a relatar su adultez-. Leonor ‘Nora’ Güiraldes era mi patrona, pero llegó a ser mi amiga. Allí alambraba, cortaba leña, el pasto con una máquina tirada por dos caballos, cuidaba la hacienda y después me hice cargo del tambo. Al año me tocó la colimba en la Marina, de Zárate. Llegué a embarcarme por 6 meses hasta Puerto Madryn y me perdí de dar la vuelta al mundo. Como me la pasaba haciéndome el loco, de rebelde, porque no me gustaba, me llegaron a castigar y terminé haciendo 31 meses de servicio militar. Cuando podía, me volvía a hacer changas a La Porteña, y me iba caminando hasta Solís, unos 36 kilómetros, porque no tenía un peso, y de ahí me llevaba un hombre hasta Areco”.
Ahora cuenta, Oscar, que se amañó a su guapa compañera: “Yo salía todas las noches, y como tenía fama de loco, no querían que me casara con Rosa, porque decían que la vida de pareja no me iba a durar. Pero al final nos casamos y ella comenzó a ayudarme en el tambo de La Porteña, de 60 vacas. El galpón era abierto y ordeñábamos a mano. En los inviernos se congelaba la pis de los animales en el piso del tambo, y había que romper el hielo de los bebederos. Trabajábamos 20 horas por día y casi no dormíamos. Rosa se ocupaba de la guachera, de unos 45 terneros. Además, ella galopaba los caballos que yo amansaba, los enlazaba y los curaba, hasta me ayudaba a capar”.
El gaucho Pereyra sigue contando de la vida sacrificada que llevó con Rosa: “Yo anduve siempre con las piernas medio rotas, tuve 6 roturas importantes y me enyesaron 2 veces. Muchas veces me ponía una venda en los pies, Rosa me ayudaba a ensillar y seguía montando. Cuando teníamos que vender hacienda, ella me ayudaba a apartarlos, porque es muy buena jinete. Lo que pasa es que no teníamos nada y queríamos hacernos la casa y formar una familia”, resalta.
Le preguntamos por su arte: “Cuando era muy chico venían a mi casa unos tíos que tocaban la guitarra y yo los espiaba, porque siempre fui muy curioso, y me gustaba -dice-. Mi mamá tenía una. Un día la agarré y empecé a sacarle acordes. Escuchaba un tema en la radio y lo iba sacando, lo fui aprendiendo a cantar, solito. Aprendí un estilo muy viejo, ‘El Pangaré’. Mi hijo Tito la canta. Y una milonga muy buena, ‘El zaino malacara’. Yo las escuchaba dos o tres veces y ya las empezaba a repetir y aprender, porque me cuesta leer”.
Señala “Mosco” que así fue entrando al arte y oficio del canto surero, hasta que un día lo contrataron para cantar a los turistas en el museo La Blanqueada, de la estancia de los Güiraldes, donde se halla la histórica pulpería que Ricardo cita en su novela. Hasta hoy se presenta los sábados y domingos, de 11 a 13. Además, canta dos veces por semana en la estancia El Ombú y a veces lo llaman de La Porteña.
Cuenta Oscar que cuando vino la pandemia, agarró la guitarra y le dijo a Rosa que le iba a componer una zamba. “Ella se rió y no me creyó -rememora-. Se la hice, le puse ‘Zamba del pañuelo’ y ella me dijo que las zambas no le gustan -se ríen ambos, mientras comparten unos mates-. Esa vez fue cuando empecé a hacer algunas canciones propias. Una vez la canté en el museo y un turista me la pidió para pasarla en una radio importante. Yo no le dije que era mía porque me dio vergüenza. Después otra chica me la pidió para pasar en Canal 7”.
“Mosco” actuó en una película, lo contrataron para publicidades de ropa de campo y hasta de un automóvil; en alguna, junto a Rosa, quien actuó repulgando empanadas, porque fue cocinera durante 8 años en la estancia El Ombú. “Pero si faltaba un gaucho en el campo, la llamaban a ella, porque sabía hacer todas las tareas rurales”, indica, Pereyra, orgulloso.
“Otra vez en el boliche Bessonart -recuerda “Mosco”- canté una milonga mía, y un paisanito no me creyó que yo la había compuesto. A esa no le puse nombre. Pero mi hijo Jesús, que le decimos Tito, toca y canta muy bien, y él le puso ‘Milonga al amanecer’”. También canta y toca la guitarra otro hijo, Ceferino. Otro hijo más, Juan Manuel, es platero de oficio y hace rastras, cuchillos, pasadores, que me gustan lucir en mis presentaciones”, dice. Con Rosa tiene 5 hijos y 8 nietos. “También mi sobrino Juan Pablo Cairo canta algunas de mis canciones”, aclara.
Para el último cumpleaños de “Mosco”, Rosa le regaló una guitarra especial. Oscar nunca pierde el buen humor: “Seguro que no me quiere nadie -dice-. No me gusta discutir, y tengo miedo de enojarme, porque a ver si me fajan…-se ríe-. Pero hay que conocer las cosas que yo digo”, sentencia Oscar y explica que “el matucho” es el caballo mancarrón.
También compuso la milonga “Mi preferida”. Le gusta interpretar viejos estilos, milongas y algunas zambas “para que no se pierdan”, dice. “Pero soy medio malo para cantar zambas”, se lamenta. Sus hijos le han editado dos discos.
“Mosco” trabajó en las cuestiones rurales hasta sus 77 años. Lo último fue tuzar, arreglar los recados, ensillar, ser guía de cabalgatas. Hoy sólo se dedica a compartir su arte, cantando y conversando con los turistas: “Los caballos fueron los que más me gustaron durante toda mi vida”, culminó.
En este video del Mosco Pereyra canta la milonga “Del pasado”, de Francisco Alfredo Marino:
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