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Una verdadera “voz del interior”: Decano del periodismo agropecuario, Carlos Petroli creció en una humilde chacra y llegó a dirigir uno de los grandes suplementos sobre campo del país

Fuente: Bichos de Campo 28/10/2026 08:08:12 hs

Antes de escribir las noticias, Carlos Petroli las armaba en plomo. Era linotipista: trabajaba con un teclado de 120 caracteres y las matrices que permitían componer los textos para luego imprimir el diario. Le llegaban originales escritos por periodistas de renombre de Córdoba y quizás por eso a él también le picó el bichito de

Antes de escribir las noticias, Carlos Petroli las armaba en plomo. Era linotipista: trabajaba con un teclado de 120 caracteres y las matrices que permitían componer los textos para luego imprimir el diario. Le llegaban originales escritos por periodistas de renombre de Córdoba y quizás por eso a él también le picó el bichito de la comunicación. En cuanto pudo pasó del taller a la redacción hasta convertirse en el líder de uno de los mejores suplementos agropecuarios que ha tenido la Argentina, el que salía los viernes con La Voz del Interior.

Pero antes de todo eso, vale saber que Carlos había sido un chico de chacra. Su vida empezó cerca de Reconquista, en el norte santafesino, sobre 120 hectáreas en las que convivían tres familias. Estaban sus abuelos, sus padres, sus tíos. Había tres viviendas y una explotación mixta, con algo de ganadería de cría y cultivos como lino y algodón.

“Yo venía de la chacra”, recordó Petroli. Ese origen bien agropecuario acompañaría siempre luego la trayectoria de quien se convirtió en un referente del periodismo agropecuario cordobés y estuvo al frente de la sección Agro de La Voz del Interior hasta su jubilación, hace pocos años.

Nacido en 1953, Petroli alcanzó a conocer la agricultura que funcionaba con tracción a sangre. También recuerda la llegada de los primeros tractores a la explotación familiar, hacia fines de esa década. Primero fue uno usado y después uno nuevo. Tiraban un arado de tres rejas, pero en aquella chacra la incorporación se vivió como una fiesta.

La superficie, sin embargo, tenía un límite. A medida que la familia crecía y la tierra se subdividía, resultaba más difícil que todos encontraran allí su futuro. Por eso Carlos tuvo que migrar y se fue a estudiar a la ciudad. Lo cuenta como una oportunidad que no estuvo al alcance de sus hermanos.

“Yo fui el único de los tres hijos que pude darme el lujo, por así decirlo, de poder estudiar”, explicó. Otro de sus hermanos hizo su camino en la construcción. El tercero siguió vinculado al campo, trabajando como tractorista. Cuando los menciona, Petroli se detiene en una aclaración que también habla de cómo mira su propio recorrido: “Yo los admiro mucho porque han sido gente de laburo”.

Como él.

Mirá la entrevista:

El aprendizaje para la linotipia (máquina inventada por Ottmar Mergenthaler en 1886 que mecanizaba la composición de textos para la imprenta mediante la fundición de líneas enteras de metal) lo hizo en la Sociedad de San Pablo, la congregación de los Paulinos. En 1983 ingresó a los talleres de La Voz del Interior, el gran diario de la provincia, y pudo ponerse a estudiar Comunicación en la Universidad de Córdoba.

El paso a la redacción tuvo estaciones intermedias. De hecho, cuenta que una de sus primeras tareas dentro de la redacción -donde tuvo que pagar derecho de piso- fue atender los teletipos: es decir colocar los rollos de papel y separar los cables de las agencias según fueran de política, policiales o deportes. Entonces las noticias llegaban por una máquina impresora y alguien debía ordenar los cables para que cada sección recibiera las suyas.

Más tarde vinieron las coberturas. Y como buen aprendiz, comenzó por Deportes. Un partido del ascenso cordobés, un hecho policial. Petroli tien  frescos su salida hacia el lugar y el regreso con apuntes desordenados que todavía no sabía bien cómo iban a convertirse en una crónica.

Recuerda a su jefe, Alejo Díaz Tillar, acercándose a preguntar cómo avanzaba el trabajo. Él confesaba que, en aquellas primeras notas, no encontraba la forma de encararlo. Entonces aparecía el veterano una indicación sencilla: “Contame cómo fue”. En dos minutos, en base a ese relato oral, su jefe tenía armada la nota. Y Petroli aprendió rápido de tan buena escuela.

Aunque otras veces la enseñanza era menos amable: Díaz sacaba la hoja de la máquina, hacía un bollo y la tiraba a la basura. Había que empezar de nuevo, buscar otros comienzos. Petroli reconoce allí una escuela decisiva.

Con los años cambió su relación con el material periodístico. Como le sucede a cada uno que se inicia seriamente en este profesión, al principio costaba reunir los datos necesarios para completar una nota y le sobraban líneas. Después, con más experiencia y capacidad para reconocer una historia, el problema pasó a ser encontrar espacio para todo lo que había para contar.

Ahora observa otra transformación y esta misma nota es una prueba de ello: La inteligencia artificial puede recibir textos en bruto y devolver una nota en menos de un minuto. Petroli cree que, de todos modos, siempre habrá un lugar para el trabajo del buen periodista: la decisión creativa para darle forma al contenido.

Lo cuenta alguien que conoció las páginas armadas en caliente, los cables impresos y la expansión digital. La tecnología fue cambiando las herramientas mientras el oficio le exigía seguir aprendiendo.

Una parte importante de ese aprendizaje ocurrió en los caminos rurales de Córdoba. Petroli recuerda que las primeras tapas de La Voz del Campo estuvieron atravesadas por las grandes inundaciones del sur provincial. Cosechadoras que entraban con rodamientos especiales a lotes donde el agua cubría buena parte del tallo de la soja. Tambos, ganadería, pueblos y caminos. Todo estaba afectado por el avance de las aguas.

El suplemento que dirigió durante tantos años con el tiempo pasó a llamarse Agrovoz y se sumó la dimensión digital. Por sus páginas circularon las miradas de especialistas como el analista ganadero Ignacio Iriarte y técnicos del INTA. Entre ellos, Petroli recuerda especialmente a Mario Bragachini, de Manfredi. “Entusiasmaba, contagiaba”, lo evocó.

Bragachini, en aquellos momentos, solía llevar productores al cinturón agrícola de Estados Unidos y volvía sobre una idea que hoy ocupa buena parte de las discusiones: cómo transformar los granos, agregarles valor, generar más actividad alrededor de la producción primaria. Petroli recuerda aquella prédica apoyada en datos y en la observación de experiencias internacionales. También reconoce que varias de las cuestiones que ahora se discuten ya aparecían en esas páginas muchos años atrás.

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Cuando le pedimosun título para resumir la transformación productiva que vio en Córdoba a lo largo de tantos años, evita dar la historia por terminada: “Todavía hay bastante por hacer”. Es un buen título. La crónica nunca acaba.

Otra frase lo pinta de cuerpo entero, siempre reflexivo y atento, poco propenso a los discursos airados o las peleas sinsentido: “Aprendí a escuchar las distintas campanas, las distintas miradas, a no pararme en una sola postura”.

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